Septiembre y sus sorpresas

En mi andar de hoy, entre pasos llenos de preguntas que rayaban en lo absurdo y un duro silencio que gritaba a mil voces: ¡te estás equivocando! tomé ese camino,  el mismo que he recorrido otras veces… ese, el que no conduce a ningún lado, pero que irremediablemente nos empeñamos en recorrer. Ese que es una opción, pero que para el engaño de nuestra tristeza obligatoria se convierte en un mandato y nos dejamos arrastrar por allí.
Era casi la mitad del día y emprendí mi paso. El sol era como mi sombra; a cualquier lugar a donde me movía,  allí estaba, sería por eso que en el fondo si era él quien reflejaba entonces mi sombra.
Pasaron muchos minutos en la calle,  allí donde nadie se conoce y cada quien camina o anda con una historia a cuestas,  con un drama que muchas veces se disimula o que otras veces se silencia, como en el caso mio.
El sol me perseguía con sus rayos, pero yo tenia frío… de ese que se aloja en los huesos del alma y consigue quebrarlos hasta hacerlos polvo, y por supuesto a ella (el alma) con ellos.
Recordé un  olvido tras otro, una indiferencia y otra, un desinterés y todos, tanto que llegué a recordar que habia olvidado la decisión última de no querer recordarte más, al menos no tanto.
Las cornetas sonaban, la vida seguía pasando ante mis ojos y yo ahí, acompañada de mis pensamientos en una fría soledad rodeada de 35°C  que quemaban y eran los que regían aquella hora del día. Mis mis pasos eran lentos, y de una forma casi automática, como quien vaga perdido en un desierto que conoce, me encontré ya cerca, en la calle de mi casa, esa el lugar donde está el depósito de mi vida, donde los sueños muchas veces se amontonan peligrosamente hasta amenazar con desbordarse de manera hasta impúdica. Ese mismo lugar donde los deberes cuelgan de las paredes y el placer no existe en la cama del reposo. Ahí, hacia ese, mi lugar me dirigía.
Siempre que ando paseando la soledad, por muy pesada que parezca, me doy un tiempo aunque sólo sea en segundos de simplemente “contemplar” y eso permite que siempre la tristeza tenga algún color que no le deje ganar la batalla definitivamente. Vi un par de cosas que llamaron mi atención y el impulso natural era hacerle un click y registrar ese instante, esa belleza, ese color en una fotografía; sin embargo el temor a la inseguridad y al que quiere hacerte daño, aún cuando por dentro tu estés más rota de cualquier herida que ellos pudieran hacerte, una vez más me lo impidió.  Y pasé frente a la maravilla, silente, con una sonrisa a medio construir, como esas que una es experta en mostrar cuando se ve a la persona que se quiere retener aunque sea por el segundo más intenso de la vida; y simplemente él sigue su camino y se va… y la sonrisa queda allí.
Ya el rumbo estaba trazado, en pocos y hasta lentos minutos estaría de vuelta a mi seguridad, a mis no puedo o mejor dicho no debo, a los mandatos contínuos,  a las rutinas que te hacen salir aprobadas ante un jurado que no conoce la imparcialidad sino su comodidad. Ahí estaba, con la mirada entre la acera y la calle, sin levantarla mucho con la excusa del sol a pesar de mis oscuros lentes;  pero de pronto… el regalo de una sorpresa una vez más me favoreció y simplemente me sorprendió.

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Me sorprendió esta flor, si, esta, amarilla, radiante.  Ingenua, pero bella. Joven pero segura. Recatada pero exhibiéndose. Llamó mi atención como quien dice ¡Ey! No te vayas así,  sin mí.
Me recordó el color de la Iniciativa que a veces pierdo, por el cansancio de tropezar siempre con las mismas respuestas indiferentes y vacías;  sin embargo realmente me cautivó.  Por unos minutos ya no me importó nada… solo ella y lo que me quería contar. Mientras acariciaba sus pétalos y al fin sacaba el móvil para fotografiarla, ella posaba con tanto gusto y me iba recordando lo importante de no dejarse vencer, y al fin entendí que este encuentro había sido el motivo de mi salida de este día. Entendí al ver su plenitud y su actitud tan radiante,  que aún cuando ella sabía que ya pronto moriría,  estaba allí… mostrándose,  sin ocultar lo que era, sintiéndose bien con su lugar en el mundo,  no pensando en el ayer y mucho menos en el mañana, sino sólo disfrutando de ese momento que nos pertenecía.
Por supuesto la fotografía fue hermosa, pero más aún lo que esta flor me hizo sentir.. y sobre todo la grata dicha de ser sorprendida una vez más por la vida.
Por eso, se los quise compartir.

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